Salto

José Larocca, el jinete que vive en Suiza, ama a la Argentina y levantó a la equitación nacional

Ginebra es una ciudad espectacular. Tiene un lago hermoso en medio de los Alpes, barrios bellos e impecables con prolija vegetación, magníficas sedes de instituciones internacionales y un muy alto nivel de vida, a escasos kilómetros de la frontera franco-helvética. Allí, en pleno primer mundo, trabaja desde hace 13 años José María Larocca, un caso típico de fuga de cerebros: en 1994, a los 25 años, se fue a vivir a Londres; en 2006 se mudó a Suiza y nunca dejó de habitar Europa, donde se desempeña en una multinacional relacionada con el comercio. Sus tres hijos nacieron en el Viejo Continente, y allí retomó él en 2003 una pasión que había debido dejar por tiempo y dinero: la equitación. De 51 años, es un jinetazo, de primer nivel en salto.

Todo va bien para Larocca en Ginebra, Suiza, Europa. Pero no hay caso: las raíces tiran. “Es algo que llevo en el corazón. Argentina es un país que amo, con gente muy linda. Disfruto muchísimo cada vez que voy a nuestro país, una o dos veces por año”, afirma desde la nación del chocolate y los relojes el hombre que, casi al estilo del polista Adolfo Cambiaso, lleva la bandera celeste y blanca en su casco al competir. Él no lo dice, pero sucede esto: desde que Larocca integra los equipos nacionales, la Argentina se ha catapultado en salto. Medalla plateada por equipos en los Juegos Panamericanos Toronto 2015, participación olímpica (con diploma de Matías Albarracín) en Río de Janeiro 2016, medalla plateada individual en Lima 2019, medalla dorada en la clasificación para esos Juegos, futura intervención en Tokio 2020. Para la equitación albiceleste, todo eso parecía impensable hace unos años, o sacado de épocas más florecientes pero muy lejanas, como aquellos dorados y plateados años sesentas olímpicos y mundiales de Carlos Moratorio y Carlos Delía.

Este último, subcampeón mundial de salto en Venecia 1960 -fallecido en 2014-, era primo del papá de Larocca. José María empezó a montar a los 10 años, y saltaba 1,40 metros (primera categoría) en 1992, a los 23, cuando por estudios y trabajo tuvo que poner pausa. Recién en 2003, después de nueve años en Europa, retomó, con dos caballos adquiridos en Alemania y sin mucha ambición. Pero medio año más tarde ya afrontó su primer concurso internacional, en Portugal. Acicateado por Iván Camargo, un amigo brasileño que también vivía en Inglaterra, fue por más, y subió rápido como un cohete: intervino en el Mundial Aquisgrán (Alemania) 2006 y, ya con su gran Royal Power, en los Juegos Olímpicos Pekín 2008 y Londres 2012. “Ese caballo era un genio y lo extraño mucho como compañero de competencias. Hoy está retirado en Ayacucho, ¡y lo visito todos los años!”, comenta quien a mediados de año en Japón hará su cuarta actuación olímpica consecutiva.

Pero ya en el nivel continental lo que está consiguiendo la Argentina es inesperado. Pasó alrededor de medio siglo sin medallas plateadas en salto en Panamericanos (San Pablo 1963 por equipos hasta Toronto 2015 y Jorge Llambí en Cali 1971 en individual hasta Larocca en Lima 2019), y 24 en la equitación en general (Federico Castaing en prueba completa en Mar del Plata 1995 hasta la de Larocca), a pesar de que hubo grandes figuras en el camino, como Martín Mallo, Roberto Table, Andy Baxter, Argentino Molinuevo, Justo Albarracín (campeón nacional el mes pasado, a los 67 años). “Todos jinetes excepcionales. Los talentos en el país siempre existieron, y eran más que los actuales. Pero hoy tenemos equipos mejor organizados y mejor preparación. La cría de caballos está progresando y las giras por Europa van a consolidar este enorme progreso”, opina entusiasmado Larocca desde Ginebra.

En medio de la euforia de Toronto 2015, cuando apenas por un derribo la Argentina no tuvo la medalla dorada, su compañero Matías Albarracín (hijo de Justo) aseveró: “Esto no termina acá. Esto empieza acá”. Parecía aventurado, pero… “Matías tuvo mucha razón, ¡por suerte!”, celebra Larocca. “La preparación, la actitud, creer en nosotros, ser muy profesionales, trabajar con verdadero espíritu de equipo… Eso hizo la diferencia. Planificar con tiempo y objetivos claros. Todos tenemos nuestras debilidades y la fuerza de los equipos viene de la complementación entre compañeros. Hablo mucho del tema equipo, porque es fundamental. El nuestro es un deporte individualista, pero a la diferencia la hacen los países que logran formar verdaderos equipos. ¡En nuestro caso la unión hace la fuerza!”, enfatiza el nacido hace 51 años en Wettingen, Suiza.

Esa fuerza tiene un articulador extranjero. Y brasileño, nada menos. Vitor Alves Teixeira es el entrenador del equipo nacional de salto. “Es muy profesional y su objetivo es conseguir los mejores resultados para Argentina. Sabe cómo motivarnos, qué botones apretar y cuándo y al mismo tiempo es muy disciplinado, algo que nosotros necesitamos. Brasil está más avanzado que nosotros, pero él entiende nuestra cultura. Mucho mérito es de Vitor”, lo destaca su pupilo, que experimenta a diario eso de vivir en otra tierra. Tan compenetrado está en lo colectivo por encima de lo individual, que sus respuestas por correo electrónico a LA NACION llegaron precedidas por un título que no se le pidió pero que es un buen resumen de la nota: “Un equipo para la Olimpíada de Tokio 2020”.

“Sin dudas, es un resurgimiento el de los últimos cinco años”, asevera Larocca sobre la equitación celeste y blanca. Pero lo entiende como un fenómeno nacional, del deporte argentino. “Muy notable. En parte gracias al apoyo del Enard, no sólo monetario, sino también educacional. En el caso de la equitación, hay mucho talento joven, muchas idea, más estructura y muchas ganas. Entusiasmo nos sobra”, responde, vía correo electrónico, con un emoji de sonrisa. El mismo que usa para escribir “espero que no haya sido el último” cuando se refiera a su tercer Olimpia de Plata. “Es un reconocimiento muy importante que valoro muchísimo. Compartir la ceremonia con los atletas de elite, ver a los jóvenes con tan buena actitud y disciplina haciendo un gran esfuerzo para progresar, es un privilegio”, sostiene.

A esta altura, disfruta a fondo cada logro. Por aquel paréntesis forzoso en la equitación, empezó tarde a representar a su país, a los 35 años (“más cerca de la edad en la que muchos jinetes se retiran”), pero una vez que el motor se reencendió, no paró. Y tiró de otros. Quiere llevar lo más lejos posible a todos los que pueda de su mismo bando. “Tenemos que continuar este trabajo de equipo. Cada uno desde su posición y dentro de sus posibilidades, pero teniendo en cuenta el objetivo final: poner a nuestro deporte al tope de los estándares mundiales”, ambiciona a lo grande aquél que volvió al salto después de 11 años con metas modestas. Ahora es un tren albiceleste.

Pasión por esto le sobra como para contagiar. De hecho, hasta su hijo Matías, de 20 años, es jinete de salto, y algo más: aunque también nació en Suiza, desde octubre representa a Argentina. “Siempre fue su intención, pero los jóvenes tienen más oportunidades representando a su país de residencia. Por mi parte, nunca se me paso por la cabeza la idea de no representar a nuestro país. ¡Prefiero quedar último como argentino que ganar una medalla olímpica representando a otro país! ¡Estoy muy orgulloso y feliz de portar nuestra bandera!”, exclama. Pues… la bandera es el mismo. Una bandera celeste y blanca con un sol dorado. En la bucólica Ginebra. En la predominante Europa. Y en cada lugar a donde la equitación lo lleva.